Diálogos
El ensayo no pretende cerrar una cuestión, sino abrir un diálogo.
Los comentarios, sugerencias, preguntas y las conversaciones que surjan a partir de él forman también parte de este proyecto.
Si deseas enviar un comentario utiliza la página de Contacto
Comentarios
Luis Rodríguez
El ensayo me parece especialmente valioso por la claridad con la que introduce un problema enormemente complejo: nuestra tendencia a confundir las representaciones que construimos de la realidad con la realidad misma. El recorrido desde Korzybski, Nietzsche o Wittgenstein hasta el pensamiento oriental y, finalmente, el zen permite contemplar el mismo problema desde perspectivas muy diferentes sin pretender, creo, que todas ellas estén diciendo exactamente lo mismo.
La idea de que «el mapa no es el territorio» funciona muy bien como hilo conductor. Necesitamos mapas: conceptos, palabras, teorías, metáforas. Como señala el propio ensayo, un mapa no es falso por no ser el territorio; precisamente porque simplifica la realidad puede ayudarnos a orientarnos en ella. El problema comienza cuando olvidamos que estamos utilizando un mapa.
Sin embargo, precisamente esta distinción me suscita una pregunta: ¿no forman también nuestros mapas parte de la realidad?
Estoy de acuerdo en que una representación no es aquello que representa. La palabra no es la cosa y ninguna descripción puede agotar lo descrito. Pero nuestras palabras, pensamientos e interpretaciones también acontecen en el mundo y producen consecuencias en él. El lenguaje no solo nos permite interpretar la realidad; también interviene en ella y la transforma. Conceptos como dinero, nación, propiedad, frontera o ley dependen de representaciones humanas compartidas y, sin embargo, sus efectos son indudablemente reales. El mapa no es el territorio, pero somos capaces de modificar el territorio siguiendo nuestros mapas.
Esta cuestión enlaza directamente con una de las preguntas que más me interesaron de la introducción: «¿Puede ese olvido encontrarse en el origen de buena parte de los conflictos humanos?».
El ensayo ofrece una respuesta muy sugerente: cuando dejamos de experimentar nuestras ideas como representaciones, quien piensa de manera diferente deja de ser simplemente alguien con otra interpretación y pasa a ser alguien que está equivocado. Pero creo que aquí se abre un campo enorme que quizá merecería otro ensayo. ¿Hasta qué punto este mecanismo explica realmente los conflictos humanos? ¿Qué ocurre con aquellos relacionados con el poder, los intereses materiales, el miedo o la competencia? Y, si dejamos de absolutizar nuestras representaciones, ¿surgen necesariamente de ello la tolerancia, la compasión o una determinada forma de comportamiento ético?
Por eso me parece que el tema de la ética, presente incluso en el título, podría dar todavía mucho más de sí. No lo considero necesariamente una carencia. Al contrario, quizá sea una consecuencia de la fertilidad de la propuesta: al aceptar provisionalmente su hipótesis empiezan a aparecer nuevas preguntas que inevitablemente exceden los límites del ensayo.
Algo semejante ocurre con otros temas apenas entreabiertos: si todo conocimiento implica representación, ¿qué entendemos entonces por verdad? ¿Son unas representaciones mejores que otras? ¿Qué lugar ocupa la ciencia como método para construir y corregir nuestros mapas? ¿Qué sucede si también consideramos el «yo» como una representación? ¿Y qué implicaciones tendría llevar hasta sus últimas consecuencias la sugerencia del ensayo acerca del tiempo y considerar el «antes» y el «después» como construcciones del pensamiento?
En este contexto, encuentro especialmente interesante la llegada del ensayo al zen. No establecería una oposición tajante entre Occidente y Oriente, pero sí parece haber una diferencia de énfasis. Los pensadores occidentales presentados en el texto nos ayudan fundamentalmente a comprender el problema de la representación. El zen parece apuntar hacia algo diferente: no tanto comprender mejor la relación entre representación y realidad como transformar nuestra manera de experimentarla.
Y aquí el satori adquiere para mí una importancia fundamental. Podemos comprender perfectamente la frase «el mapa no es el territorio» y, unos minutos después, discutir con alguien como si nuestra interpretación fuese la realidad misma. Una cosa es saber intelectualmente que nuestros pensamientos son representaciones y otra muy distinta experimentarlos siempre como tales.
Tal como entiendo la propuesta del ensayo, el satori apuntaría precisamente a esa transformación: el pensamiento no desaparece, los mapas siguen siendo necesarios, pero dejan de confundirse con el territorio.
Quizá sea esto lo que más me ha interesado del texto. El ensayo desarrolla de manera convincente su reflexión central, pero al mismo tiempo abre puertas hacia problemas que no puede ni pretende resolver: la ética, el conflicto, la identidad, la verdad, la ciencia o el tiempo. Y considero que esto es más una virtud que una limitación. Un buen ensayo filosófico no tiene por qué proporcionarnos respuestas definitivas; puede ser mucho más interesante que consiga que, después de leerlo, nos formulemos preguntas que antes no nos habíamos planteado.
Respuesta del autor a Luis R
Muchas gracias por el comentario. Me ha resultado especialmente interesante porque recoge bastante bien el recorrido del ensayo y, al mismo tiempo, plantea algunas cuestiones que permiten precisar mejor lo que intento decir e invita a desarrollar nuevas perspectivas y ampliar el alcance del ensayo gracias a la contribución de los lectores.
Respecto a la pregunta de si nuestros mapas forman también parte de la realidad, la respuesta es, por supuesto, afirmativa. El ensayo no pretende situar las representaciones fuera de lo real. Un pensamiento, una palabra, una interpretación o un mapa son también hechos que acontecen. La cuestión es distinguir entre el acontecimiento y la representación que hacemos de él. Cuando en el ensayo utilizo la palabra “hecho”, me refiero a aquello que acontece, antes de cualquier descripción, valoración o juicio que hagamos de ello. Naturalmente, en el momento en que intento expresar ese acontecimiento mediante palabras —por ejemplo, diciendo “una persona ha herido a otra”— ya estoy construyendo una representación: he distinguido personas, acciones y relaciones y las he organizado mediante conceptos. El hecho es aquello que aconteció; la frase es ya un mapa de ese acontecimiento. Pero esa representación también acontece, puede ser pensada, pronunciada, compartida y producir consecuencias. Su carácter representacional no la convierte en irreal: simplemente significa que no debemos confundir su realidad como pensamiento, palabra o interpretación con aquello a lo que remite. No hay, por tanto, ninguna intención de negar la realidad de las representaciones ni su capacidad para intervenir en otros acontecimientos.
El problema aparece cuando olvidamos esta diferencia. Que una representación sea real y produzca consecuencias reales no significa que sea aquello que representa. Podemos actuar sobre el mundo siguiendo nuestros mapas, pero el mapa sigue sin ser el territorio. Esto me parece especialmente importante en relación con la cuestión ética que planteas. Reconocer que nuestras valoraciones son representaciones no significa que debamos abandonarlas ni que todas las conductas pasen a ser equivalentes, pues la ausencia de un fundamento absoluto no implica la ausencia de criterios. Podemos establecer criterios, discutirlos, modificarlos y considerar unas acciones más adecuadas que otras sin necesidad de convertir esos criterios en propiedades absolutas de la realidad.
Creo que algunas de las cuestiones que planteas —qué entendemos por verdad, si unas representaciones son mejores que otras, qué lugar ocupa la ciencia en la construcción de nuestros mapas o de qué manera el lenguaje interviene en aquello que acontece— se sitúan en un momento posterior al problema que intenta plantear el ensayo. Son preguntas interesantes, pero antes de preguntarnos qué hacemos con nuestras representaciones, cómo las corregimos o qué consecuencias producen, mi pregunta es más elemental: ¿cómo llega una representación a hacerse tan transparente que dejamos de experimentarla como representación y comenzamos a experimentarla como aquello que acontece?
Un ejemplo sencillo sería el proceso mediante el cual un niño aprende a reconocer y nombrar que “tiene cinco dedos”. Imagínatelo ahora mismo: es un proceso largo y laborioso, pero, una vez aprendido, se vuelve completamente invisible. La representación “cinco dedos” se vuelve tan transparente que parece estar presente directamente en el hecho. Ya no experimentamos que estamos organizando conceptualmente aquello que vemos, sino simplemente que tenemos cinco dedos. Pero nadie tiene “cinco dedos”, ¡tienes lo que ves cuando te miras la mano!
Algo semejante puede suceder cuando considero que alguien es mi adversario. Entre esa persona y yo acontecen determinadas situaciones, pero “mi adversario” es ya una representación mediante la que las organizo e interpreto. Esa representación puede llegar a hacerse tan transparente que dejo de experimentar que soy yo quien está interpretando de ese modo aquello que acontece y ya no experimento “lo considero mi adversario”, sino simplemente “es mi adversario”. A partir de ahí puedo combatirlo, convencerlo, descalificarlo o intentar “hundirlo”. El ensayo intenta situarse precisamente un poco antes de todo esto, en ese momento casi imperceptible en el que una representación deja de ser reconocida como representación y comienza a ser experimentada como aquello que acontece.
Desde este punto de vista, el problema no consiste simplemente en que algunas representaciones puedan contribuir a aquello que llamamos «conflicto». La propia idea de conflicto está ya construida mediante representaciones: “yo” frente a “otro”, “mío” frente a “tuyo”, “lo que quiero” frente a “lo que quiere el otro”, ”lo que me amenaza” frente a “aquello que debo defender”. Cuando olvidamos que esas distinciones son representaciones, comenzamos a experimentarlas como si pertenecieran directamente a la estructura de la realidad, en lugar de reconocerlas como representaciones que también acontecen en ella.
Tal vez sea aquí donde la cuestión de la representación adquiere su dimensión ética, pues no se trata de eliminar estas distinciones, de renunciar a nuestros criterios ni de dejar de actuar, sino de poder utilizarlos sin olvidar su naturaleza representacional, distinguiendo entre yo y otro, hablando de justicia o injusticia, considerando algo propio o ajeno, e incluso reconociendo a alguien como adversario, sin convertir por ello esas representaciones en propiedades de aquello que acontece.
Y, coincido contigo, es precisamente en este punto donde la pregunta del ensayo permanece abierta: si dejáramos de experimentar nuestras representaciones como aquello que acontece, ¿qué quedaría de buena parte de aquello que nos enfrenta a los demás?
Comentario de José Bestilleiro
Ante todo, felicitarte por el duro trabajo y el resultado del ensayo.
¿Existe el tú y el yo? ¿Existe el antes y el después? Cuando leo el ensayo entiendo que se da por supuesta la no existencia individual y la no existencia del tiempo. Realmente creo que estas cuestiones solo las podría contestar alguien que esté en ese presunto estado del satori. Dejando esto de lado, en la exposición de razones que se desarrollan en el ensayo no me queda claro cómo se llega al punto en que no hay separación entre el "tú y el yo", y que no hay un "antes y un después". Por supuesto que también puede ser una interpretación mía y que en dicho ensayo no se exprese lo que yo entendí. Pido que, en este caso, a quien lea este texto que sea indulgente conmigo.
Sin más paso a dar mi opinión.
Una flecha cruza el aire a toda velocidad y se clava en un árbol. Esto es una descripción de varios hechos, se podría decir que de un infinito número de hechos dependiendo de cuan exhaustiva sea la descripción. Pero esa frase es suficiente para la siguiente exposición. La frase anterior es un mapa, con todo lo que conlleva, y no es la realidad. Pero, ¿en qué momento del ensayo se justifica el paso de que en la realidad pura, sin mapa, no hay una flecha separada de un árbol?, y otra cuestión más, ¿cómo se pasa de un momento/hecho, en que la flecha está en el aire y el tronco del árbol no tiene ninguna herida (antes), a otro momento/hecho en que la flecha está clavada en el árbol (después), si no hay un antes y un después?
Por supuesto, la distinción entre la flecha y el árbol es mapa pero, ¿invalida esto la existencia de dos “algos” diferentes? Lo mismo pasaría con la sucesión temporal, “antes y después” son mapa, pero existe un hecho y otro hecho, y el paso de uno al otro. A esta sucesión le ponemos un marco y usamos las palabras “antes y después”.
Una cosa es que estemos unidos y seamos interdependientes en la vida y otra que no seamos “algos” con contornos separados de otros “algos”. Un bebé descubre su mano, la mira y la remira embelesado, pero no tiene conciencia de que está unida a él; sin embargo, si se hace daño en la mano llora, siente el dolor, aunque no sepa que ha recibido un golpe ni sepa que tiene una extremidad que acaba en una mano. Nosotros ponemos nombre y descripción a todo eso que acontece, pero creo que acontece en relación con distintos “algos” separados.
Al mismo tiempo hay sucesos y objetos que cambian, hay transformaciones. En un “ahora” pasado teníamos un cuerpo diferente, en otro “ahora” el cuerpo ha cambiado. A este devenir entre diferentes “ahoras” le damos un contexto temporal, el antes y el después. Otro ejemplo de transformación o cambio temporal sería una foto de antes y después. Aunque lo único real es el instante, hay instantes sucesivos que la foto o la memoria identifican como un instante antes y un instante después porque permiten ver el cambio que se ha producido. Lo que denominamos la foto y la memoria están ahí, aunque solo las conozcamos a través del mapa. ¿Pero no es también la transformación un hecho que, del mismo modo que la foto y la memoria, solo podemos percibir a través del mapa?
Yo, actualmente, en mi “ahora”, no soy capaz de imaginar la desaparición entre el “tú y el yo”, y “del antes y el después”.
Respuesta del autor a José B
Muchas gracias por el comentario. Me parece especialmente interesante porque lleva algunas de las preguntas del ensayo más allá del lugar en el que este las deja y esa es, precisamente, una de las razones por las que decidí publicarlo y abrir este espacio de diálogo, con la intención de que otras personas puedan prolongar desde sus propias perspectivas las cuestiones que plantea. En ese sentido, tu lectura tiene un valor particular, pues muestra cómo, a partir de esas preguntas, el lector construye también sus propios mapas.
Creo, sin embargo, que hay un punto inicial que conviene precisar. El ensayo no da por supuesta la inexistencia individual ni la inexistencia del tiempo; señala que "yo", "tú", "antes" o "después" forman parte de nuestras representaciones, sin dar el paso posterior de afirmar que, más allá de ellas, no existan individuos, diferencias o sucesión. Decir "el yo no existe", "no existen cosas separadas" o "el tiempo no existe" sería también construir una representación acerca de aquello que acontece
El ejemplo de la flecha y el árbol me parece muy adecuado para explorar esta cuestión. Escribes: "Una flecha cruza el aire a toda velocidad y se clava en un árbol", y señalas que esta descripción es un mapa; después preguntas si reconocer que la distinción entre la flecha y el árbol es un mapa invalida la existencia de dos "algos" diferentes. No creo que la invalide, aunque resulta interesante observar lo que sucede al intentar ir un poco más allá del mapa inicial: dejamos de hablar de "flecha" y "árbol" para hablar de "dos algos diferentes" y, sin embargo, "algo", "dos", "diferentes" y "separados" siguen siendo formas mediante las que organizamos y expresamos aquello que acontece.
Esto tampoco implica que esas representaciones sean falsas o que debamos prescindir de ellas. La cuestión que me interesa aparece un poco antes, cuando esa manera de organizar aquello que acontece adquiere tal carácter de evidencia que dejamos de experimentar que estamos representando y, en sentido contrario, cuando comenzamos a advertir esa representación mientras está operando.
El ejemplo de las fotografías permite observar la cuestión desde otro ángulo. Al contemplar dos fotografías podemos hablar del "mismo cuerpo" en dos momentos diferentes y de la transformación ocurrida entre ambos, aunque con ello ya hemos introducido "identidad", "dos momentos", "cambio" o "transformación" para organizar lo que las fotografías nos muestran. Resulta significativo que afirmes que "lo único real es el instante" y, a continuación, hables de "instantes sucesivos", ya que, si intentamos retirar también aquí nuestras representaciones, "instante" difícilmente puede conservarse como una especie de unidad que se repite, se acumula y puede ordenarse junto a otras; hablar de "este instante", "otro instante" y del paso de uno al otro introduce ya la estructura temporal que pretendíamos encontrar más allá del mapa. Esto tampoco demuestra que la sucesión o la transformación no existan, pero permite advertir la dificultad que aparece cuando intentamos explicar lo que las fotografías muestran sin volver a introducir una representación.
Algo semejante ocurre con el ejemplo del bebé y su mano; que el bebé no disponga todavía de conceptos como, “mi mano” o “golpe” no impide que el dolor acontezca, pero afirmar a partir de ello, que ese dolor acontece “en relación con distintos algos separados”, introduce ya varios conceptos que damos por supuestos para interpretar lo ocurrido. Esto no demuestra que no haya separación, pero tampoco permite establecerla al margen de nuestras representaciones.
Tu comentario permite observar además, algo que, en mayor o menor medida, todos hacemos: cuando advertimos que una determinada manera de entender aquello que acontece es una representación, tendemos casi inmediatamente a sustituirla por otra que nos parece más elemental, más precisa o más cercana a lo que realmente hay. En tu caso, al reconocer que "flecha" y "árbol" son representaciones aparecen dos "algos" diferentes; cuando "antes" y "después" aparecen como representaciones, surgen los "instantes sucesivos" y la transformación entre ellos; y frente a la cuestión del "yo" y el "tú", permanecen "algos" con contornos separados. Este movimiento forma parte de nuestra manera habitual de conocer, pues construimos representaciones, las contrastamos, las corregimos y sustituimos unas por otras, y buena parte de nuestro conocimiento se desarrolla precisamente de esa manera. La cuestión que plantea el ensayo reaparece cuando, después de reconocer una representación y sustituirla por otra que consideramos más ajustada, volvemos a olvidar que esta última también lo es y comenzamos a experimentarla como aquello que acontece; de este modo, podemos seguir construyendo representaciones más elementales, precisas o explicativas, pero ninguna deja por ello de pertenecer al ámbito de la representación. Más que intentar resolver si finalmente hay "dos algos", "instantes sucesivos" o individuos separados, me interesa lo que ocurre mientras buscamos esas respuestas.
En este punto, incluso "el mapa no es el territorio" muestra su propia limitación, pues podemos comprender la frase, discutirla y construir nuevas representaciones a partir de ella, pero saber que construimos mapas es todavía otro mapa. Todo el ensayo es también un mapa, como lo son estas reflexiones que estamos compartiendo. Aquello que acontece no necesita una última explicación que sustituya a las anteriores; la cuestión es si podemos advertir lo que añadimos al representarlo y, quizá más difícil todavía, las nuevas representaciones que construimos cuando creemos haber dejado atrás las anteriores.