Textos complementarios
La representación en la experiencia cotidiana
La distinción planteada en el ensayo puede observarse en situaciones muy comunes, por ejemplo, alguien dice algo y considero que me está menospreciando; lo que escucho, la interpretación de sus palabras, experiencias anteriores y la imagen que tengo de esa persona pueden presentarse como una experiencia única, de manera que “me ha menospreciado” adquiere el carácter de una evidencia. No interesa aquí determinar si realmente existió menosprecio, sino observar cómo una interpretación puede dejar de experimentarse como tal. Algo semejante ocurre cuando consideramos que alguien “es mi adversario”, “es egoísta” o “no es de fiar”, pues la representación puede hacerse tan transparente que dejamos de advertir nuestra participación en la manera de experimentar aquello que acontece.
Un ejemplo elemental permite observar este proceso. Un niño aprende poco a poco y con esfuerzo a distinguir, contar y nombrar aquello que ve al mirar su mano hasta aprender que “tiene cinco dedos” y, con el tiempo, el proceso que hizo posible ese aprendizaje deja de ser perceptible, de modo que la representación “cinco dedos” se vuelve tan transparente que parece estar presente directamente en el hecho. Ya no experimentamos que estamos organizando conceptualmente aquello que vemos, sino simplemente que tenemos cinco dedos.
Algo semejante sucede con categorías mucho más complejas, pues también aprendemos qué es una ofensa, qué significa triunfar o fracasar, qué consideramos normal, propio o ajeno, y ese aprendizaje puede llegar a intervenir en nuestra experiencia sin que advirtamos su participación. Junto a las representaciones actúan también condicionamientos y rutinas adquiridas que pueden intervenir en nuestra manera de reaccionar sin necesidad de una elaboración representacional consciente. Aunque se trate de procesos diferentes, su participación puede permanecer igualmente inadvertida y contribuir a reforzar la evidencia con la que experimentamos una determinada interpretación.
Nuestro interés en este ensayo se sitúa precisamente en el momento en que la representación deja de ser completamente transparente y comenzamos a advertir la diferencia entre aquello que acontece y lo que estamos construyendo acerca de ello. Un pensamiento, una interpretación o una valoración también acontecen, pero podemos reconocerlos ahora en su condición de representaciones y dejar de confundirlos con aquello a lo que remiten, haciendo perceptible una diferencia que permanecía oculta tras el carácter inmediato de evidencia que había adquirido nuestra interpretación.
Advertir esta diferencia puede adquirir una importancia muy concreta en la vida cotidiana. Imaginemos que alguien dice "tu pantalón es feo". A partir de esas palabras pueden aparecer casi inmediatamente pensamientos como:
- "¿Qué le importa?".
- "Lo ha dicho para molestarme".
- "Me está provocando".
- "Siempre está intentando provocarme".
- "Me tiene manía".
- "Es un imbécil".
Cada uno de estos pensamientos incorpora elementos que no estaban contenidos en las palabras escuchadas y constituye ya, por sí mismo, una representación añadida a lo ocurrido. Estas representaciones pueden aparecer de manera independiente, aunque también pueden relacionarse entre sí y dar lugar a nuevos desarrollos. Una intención atribuida al otro, "lo ha dicho para molestarme", puede pasar a experimentarse como una acción suya, "me está provocando"; esta puede relacionarse con recuerdos de otras situaciones, generalizarse en "siempre está intentando provocarme" y terminar formando parte de la imagen que construimos de esa persona. Si posteriormente explicamos nuestra reacción diciendo "le contesté así porque me provocó", resulta difícil advertir ya el recorrido mediante el que una interpretación terminó incorporándose a aquello que experimentamos como ocurrido.
El proceso puede prolongarse además más allá de la experiencia inmediata. Si alguien no responde a un mensaje, puede aparecer "me está ignorando" y, a partir de ahí, "está enfadado conmigo" o "siempre hace lo mismo". Cuando volvamos a encontrarnos con esa persona, nuestra conducta puede estar condicionada por la experiencia de haber sido ignorados; esa conducta puede provocar a su vez una determinada reacción en el otro y esta terminar confirmando nuestra interpretación inicial: "ya sabía que tenía algo contra mí". La representación no solo participa entonces en la manera en que experimentamos aquello que acontece; a través de nuestra respuesta, puede intervenir también en lo que acontecerá después. No necesitamos saber qué queda cuando retiramos todos los mapas para advertir que estamos añadiendo algo al mapa que tenemos delante. Quizá la utilidad cotidiana de advertir el mapa no esté en descubrir qué hay detrás de él, sino en reconocer qué estamos añadiendo y cómo ese añadido participa en lo que acontece después.
Este mismo modo de operar puede observarse en nuestra relación con el pasado y el futuro. “Siempre está intentando provocarme” puede apoyarse en recuerdos de situaciones anteriores que intervienen en la manera de experimentar lo que está ocurriendo ahora, del mismo modo que una anticipación como “la próxima vez volverá a hacerlo” puede condicionar nuestra disposición ante un encuentro que todavía no ha sucedido. No confundimos por ello el pasado o el futuro con el presente; son los recuerdos, imágenes, relatos o anticipaciones que acontecen ahora los que se incorporan a nuestra experiencia y pueden llegar a hacerlo con tal carácter de evidencia que dejamos de advertir lo que estamos añadiendo a la situación presente.
Los ejemplos anteriores desplazan así la cuestión desde el conocimiento de que construimos representaciones hacia la posibilidad de advertirlas mientras intervienen en nuestra experiencia. Cuando miro, escucho o actúo, ¿puedo reconocer lo que estoy añadiendo a aquello que acontece mientras lo estoy añadiendo? Probablemente sea aquí donde la afirmación "el mapa no es el territorio" adquiere una dimensión diferente, pues saber que construimos mapas es todavía otro mapa y conocer conceptualmente la distinción entre ambos no implica necesariamente advertirla mientras la representación está operando.