Textos complementarios

Del mapa a la experiencia: la práctica del dō

A lo largo de este ensayo se ha insistido en una distinción entre aquello que acontece y la representación que construimos de ello. Sin embargo, comprender intelectualmente esta afirmación no resuelve el problema planteado. “El mapa no es el territorio” es también un mapa y, como tal, puede ser comprendido, aceptado e incluso repetido indefinidamente sin que cambie nuestra manera de experimentar aquello que acontece.

La cuestión práctica puede plantearse entonces mediante una pregunta. ¿Es posible llegar a percibir la representación mientras se está formando, antes de que se vuelva transparente y pase a ser experimentada como aquello que representa?

Quizá algunas prácticas tradicionales japonesas puedan entenderse desde esta perspectiva. Kadō, shodō, sadō, kendō, karate-dō y otros dō presentan diferencias evidentes en sus técnicas y finalidades inmediatas, pero comparten algunos rasgos particularmente interesantes para la cuestión que aquí nos ocupa. La repetición prolongada de gestos relativamente simples, unas formas establecidas y un entorno deliberadamente limitado permiten realizar una misma acción una y otra vez. En cierto sentido, estas condiciones se asemejan a las de un laboratorio, puesto que el dōjō reduce parte de la complejidad de la vida cotidiana. Una flor se coloca, un trazo se realiza, el té se prepara, un kata se repite o el mismo intercambio de golpes se practica una y otra vez. La acción es conocida y vuelve a repetirse y, precisamente por ello, con el tiempo puede dejar de ser el único objeto de atención. A partir de ese punto, pueden comenzar a hacerse perceptibles procesos que normalmente permanecen ocultos por su propia rapidez y familiaridad, entre ellos las expectativas, las predisposiciones, las rutinas, el deseo de hacerlo bien, el miedo a equivocarse, la autovaloración o la representación que construimos de quien está frente a nosotros. Todos estos procesos forman parte del aprendizaje y de nuestra manera habitual de desenvolvernos en la práctica. La cuestión es si llegamos a reconocer su participación en lo que estamos experimentando o si permanecen tan transparentes que atribuimos directamente a aquello que acontece lo que nuestra representación, nuestros condicionamientos y nuestras respuestas habituales están aportando.

De este modo, la repetición adquiere entonces un significado diferente, además de permitir el perfeccionamiento técnico de un gesto, repetir miles de veces una situación relativamente sencilla crea unas condiciones en las que podemos empezar a percibir la participación de nuestros condicionamientos y rutinas y, junto a ellos, algo todavía más sutil, la diferencia entre aquello que acontece y aquello que el pensamiento construye acerca de lo que acontece.

Este "darse cuenta" no implica necesariamente un intervalo temporal entre ambos. Hablar de un "antes" en el que acontecería el hecho y un "después" en el que aparecería la representación introduciría de nuevo las categorías temporales que el propio ensayo ha puesto en cuestión. Se trata de la posibilidad de reconocer experiencialmente una diferencia que habitualmente permanece invisible, incluyendo en esa experiencia la participación de respuestas y disposiciones adquiridas que pueden ponerse en marcha sin que lleguemos siquiera a advertirlas. Asimismo, la práctica tampoco requiere intentar eliminar el pensamiento. Pretender alcanzar un estado en el que no surgieran representaciones podría convertirse fácilmente en un nuevo objetivo construido por el propio pensamiento. La cuestión parece más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil, se trata de que las representaciones puedan ser reconocidas cuando aparecen y de que nuestros condicionamientos y rutinas de respuesta puedan hacerse igualmente perceptibles mientras actúan.

Aquí puede encontrarse una posible relación entre el dō y la vida cotidiana. Evidentemente, las condiciones relativamente controladas de la práctica no constituyen el objetivo final, puesto que fuera del dōjō desaparecen esas condiciones. Por ejemplo, alguien nos contradice, perdemos algo que valoramos, recordamos una ofensa o tememos algo que podría suceder; en estas situaciones pueden aparecer casi simultáneamente la representación de lo que sucede y nuestra respuesta condicionada ante ella. "Me ha humillado”, "lo que ocurrió no puede perdonarse” o "esto no debería estar sucediendo” pueden llegar a experimentarse con tal transparencia que apenas advertimos cuánto estamos añadiendo a aquello que acontece ni hasta qué punto nuestra reacción está siguiendo caminos ya aprendidos.

La hipótesis práctica sería que la familiaridad adquirida durante años de práctica puede comenzar a manifestarse también en estas situaciones. No tendría necesariamente la forma de una operación deliberada como "ahora debo recordar que esto es una representación” o "estoy actuando de manera condicionada”, pues eso supondría añadir un nuevo pensamiento. Podría tratarse de una modificación más profunda de nuestra manera de experimentar, de modo que aquello que durante la práctica comenzó a hacerse perceptible llegara a reconocerse también espontáneamente en los acontecimientos ordinarios.

El dō no proporcionaría una teoría acerca de cuál es la representación correcta de la realidad, ni tendría por qué enseñarnos qué debemos pensar, qué criterios morales debemos adoptar o cómo resolver cada conflicto. Su posible función se situaría en un momento anterior, creando unas condiciones en las que podamos llegar a reconocer cómo construimos nuestras representaciones, cómo intervienen nuestros condicionamientos y cómo se ponen en marcha determinadas respuestas antes de que todo ese proceso se vuelva invisible y dejemos de reconocer su participación en nuestra manera de experimentar aquello que acontece.

Esto permite comprender también el límite del propio ensayo. Un texto puede describir la diferencia entre mapa y territorio, analizar el lenguaje mediante el que construimos nuestras representaciones y señalar el posible “olvido" que se produce cuando estas se vuelven transparentes. También puede señalar la participación de nuestros condicionamientos y respuestas habituales. Pero todas esas explicaciones continúan siendo mapas y ningún argumento puede sustituir la experiencia a la que intentan señalar.

Tal vez sea precisamente aquí donde filosofía y práctica puedan encontrarse. El ensayo intenta señalar mediante conceptos una diferencia que la práctica de un dō permite aprender a reconocer experiencialmente. La cuestión deja entonces de ser únicamente “¿sé que el mapa no es el territorio?” y adquiere una forma mucho más práctica. Cuando miro, escucho, actúo, recuerdo o pienso, ¿puedo reconocer aquello que acontece y advertir al mismo tiempo la representación que construyo, los condicionamientos que intervienen y las respuestas que surgen de ellos? Ese "darse cuenta” es solo un primer paso. Con la práctica, llega un momento en que esa atención deliberada deja de ser necesaria y la respuesta vuelve a surgir de manera espontánea, sin que la participación de nuestras representaciones, condicionamientos y rutinas permanezca necesariamente inadvertida.

Desde esta perspectiva, el dō puede entenderse como un ámbito en el que, mediante la repetición y la práctica, aprendemos a reconocer aquello que habitualmente permanece invisible en nuestra experiencia.