Textos complementarios
Representación y realidad social
La distinción entre aquello que acontece y la representación que construimos de ello adquiere una dimensión particular cuando las representaciones son compartidas por muchas personas. Imaginemos una situación muy sencilla, varias personas esperan ante una puerta y decimos que forman una fila. Podemos observar dónde está situada cada una, cómo se desplaza cuando avanza quien tiene delante o cómo protesta alguien cuando otra ocupa un determinado lugar, pero “la fila” introduce ya una forma de organizar aquello que acontece. Con ella aparecen un primero y un último, un turno que debe respetarse y la posibilidad de que alguien "se cuele". Nada de esto hace que la fila sea irreal. La representación acontece y, al ser compartida, interviene en la conducta de quienes participan en la situación.
Gran parte de nuestra vida social presenta una estructura semejante, aunque considerablemente más compleja. Un trozo de papel puede ser reconocido como dinero, un terreno puede pertenecer a alguien, una línea puede separar dos países y determinadas palabras pronunciadas en unas condiciones establecidas pueden constituir un contrato o una sentencia. Estas representaciones son aprendidas, compartidas, transmitidas y sostenidas mediante costumbres, documentos, leyes e instituciones, y precisamente por ello pueden organizar de manera muy efectiva nuestra conducta y producir consecuencias en aquello que acontece. Si alguien atraviesa una frontera sin autorización puede ser detenido, si una persona no paga una deuda puede perder su vivienda y si un tribunal dicta una sentencia alguien puede ser privado de libertad. Las consecuencias acontecen, aunque "frontera", "deuda", "propiedad" o "sentencia" formen parte de los sistemas de representación mediante los cuales una sociedad organiza e interpreta esos acontecimientos.
La cuestión comienza a adquirir otro alcance cuando esas representaciones se hacen transparentes. Aprendemos desde muy pronto qué significa poseer algo, obedecer una norma, pertenecer a un país, ganar o perder, tener autoridad o competir, y con el tiempo dejamos de advertir buena parte del aprendizaje que hizo posibles esas distinciones. Ya no necesitamos reconstruir conscientemente el sistema cada vez que utilizamos dinero, respetamos una propiedad o reconocemos una autoridad. La representación opera con tal fluidez que aquello que encontramos organizado mediante ella puede presentarse como una característica evidente de la propia realidad social. Lo aprendido y construido históricamente puede adquirir así la apariencia de algo simplemente dado.
Esto permite considerar desde otra perspectiva conceptos como "poder", "competencia", "propiedad", "prestigio" o "nación". En determinadas situaciones alguien da una orden y otra persona la cumple, alguien dispone de determinados recursos, alguien impide una acción o unas personas compiten por alcanzar una determinada posición. Todo ello acontece. Los conceptos mediante los que relacionamos y organizamos esos acontecimientos pueden, sin embargo, hacerse tan transparentes que terminemos experimentando aquello que designan como si existiera necesariamente de ese modo, independientemente de las formas mediante las que hemos aprendido a organizar nuestra vida común.
Además, las representaciones sociales no se limitan a organizar nuestra interpretación de aquello que acontece. Al intervenir en nuestras acciones, participan también en lo que acontecerá después. Si considero a alguien hostil, puedo tratarlo con desconfianza; su respuesta defensiva puede entonces reforzar mi convicción de que efectivamente lo es. Algo semejante puede ocurrir a escala colectiva. Una representación compartida orienta comportamientos, normas e instituciones, estos producen consecuencias y las consecuencias pueden aparecer posteriormente como confirmación de la representación que contribuyó a producirlas. El mapa interviene así en aquello que acontece y lo que acontece puede, a su vez, reforzar el mapa.
Advertir este proceso mientras está operando introduce una posibilidad especialmente relevante. Aquello que hasta entonces aparecía como necesario puede comenzar a mostrarse como contingente. Esto no significa que una institución, una norma o una categoría social sean falsas, arbitrarias o prescindibles por haber sido construidas por nosotros. Una fila puede seguir siendo una forma útil de establecer un turno, una sociedad puede necesitar normas e instituciones y podemos considerar unas formas de organización más adecuadas que otras. Pero reconocer su carácter representacional permite advertir que aquello que hemos construido de una determinada manera podría, al menos en principio, haber sido construido de otra y puede ser examinado, discutido o modificado.
Esta diferencia tiene consecuencias para el diálogo. Mientras una determinada organización de la experiencia social se presenta como algo dado por la propia naturaleza de las cosas, cuestionarla puede parecer absurdo, equivocado o incluso inadmisible. Cuando dos personas o grupos organizan unos mismos acontecimientos mediante representaciones diferentes y cada una de ellas se ha vuelto transparente, ambos pueden experimentar que están defendiendo simplemente "cómo son las cosas". El desacuerdo entre representaciones puede convertirse entonces en un conflicto acerca de la propia realidad, pues cada parte difícilmente puede reconocer como representación aquello que experimenta como evidencia. Cuando advertimos nuestra participación en esa construcción, se abre la posibilidad de preguntarnos por qué organizamos aquello que acontece de ese modo, qué consecuencias produce, qué criterios sostienen nuestra interpretación y si existen otras formas posibles de hacerlo. Reconocer una representación como representación no determina la respuesta ni obliga a abandonarla, pero permite que aquello que parecía quedar fuera de discusión pueda entrar en ella.
Desde esta perspectiva puede retomarse la pregunta que atraviesa este ensayo. ¿Puede el olvido del carácter representativo de nuestros pensamientos encontrarse en el origen de buena parte de los conflictos humanos? Dos personas o grupos pueden tener intereses incompatibles, perseguir objetivos diferentes o enfrentarse por acontecimientos y consecuencias muy concretos, pero el conflicto adquiere otra dimensión cuando las representaciones mediante las que cada parte organiza lo que sucede dejan de ser reconocidas como tales. Ya no se enfrentan únicamente intereses, decisiones o criterios diferentes; cada parte puede dejar de experimentar que está defendiendo una determinada interpretación de aquello que acontece y comenzar a experimentar que está defendiendo la realidad misma frente a quien, desde su perspectiva, parece negarla. Advertir la representación mientras está operando no elimina necesariamente el desacuerdo ni resuelve el conflicto, pero puede modificar profundamente el lugar desde el que nos relacionamos con él, haciendo posible que aquello que aparecía como una realidad incuestionable vuelva a entrar en el ámbito de lo que puede ser examinado, discutido y, eventualmente, transformado.
Quizá una parte importante de la dificultad para transformar determinadas formas de convivencia se encuentre precisamente aquí. Las representaciones compartidas pueden transmitirse durante generaciones, incorporarse a leyes, edificios, documentos, hábitos e instituciones y producir acontecimientos que parecen confirmar su necesidad. Cuanto más profundamente participan en nuestra experiencia, más difícil puede resultar reconocerlas como representaciones y más fácilmente aquello que hemos construido históricamente puede presentarse como una condición inevitable de la realidad.
La pregunta vuelve entonces al punto central de este ensayo. Cuando hablamos de propiedad, poder, competencia, éxito, nación o cualquier otra categoría mediante la que organizamos nuestra vida común, ¿podemos reconocer aquello que acontece y advertir al mismo tiempo la representación mediante la que lo relacionamos e interpretamos? Saber que las sociedades construyen representaciones sigue siendo otro mapa. Advertirlas mientras están operando puede permitirnos reconocer que algunas cosas que parecían necesariamente de una determinada manera son también resultado de cómo hemos aprendido a representarlas y organizarlas. Y quizá sea precisamente ahí donde aparece la posibilidad de volver a preguntarnos, juntos, si queremos seguir haciéndolo del mismo modo.